Algunos viajes se cuentan desde las imágenes y los momentos que nos dejan; otros marcan hitos, instantes a los que uno sabe que volverá con los años para decirse: todo comenzó aquel día. Quizás me equivoque, pero algo muy dentro de mí me dice que es así.
Por Gustavo Sgalla
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Algunos viajes se cuentan desde las imágenes y los momentos que nos dejan; otros marcan hitos, instantes a los que uno sabe que volverá con los años para decirse: todo comenzó aquel día. Quizás me equivoque, pero algo muy dentro de mí me dice que es así.
De hecho, este artículo debería ser sólo una crónica más repasando nuestra visita junto al Tucán Pereyra Iraola a Montevideo para presentar el libro Anécdotas del Polo 2. Sin embargo, el destino quiso que el viaje mismo se transformara en una anécdota que merecía ser contada por derecho propio.
La iniciativa de cruzar el charco surgió de la gente de la Expo Prado, quienes nos invitaron a presentar el libro en medio de la vorágine de lo que, para nosotros los argentinos, equivale a la muestra anual de la Sociedad Rural. Las similitudes nos saltaron a la vista de inmediato: los pabellones repletos de animales, las juras minuciosas eligiendo a los campeones de cada raza y hasta la propia ubicación geográfica del predio, incrustado en parte del corazón urbano de Montevideo. Era casi como estar en Palermo.
Casi. Porque pegado al Prado se levanta la cancha de Montevideo Wanderers. El sábado de nuestra visita, para coronar la coincidencia, recibían nada menos que a Nacional. Sabiendo de nuestra innegable pasión por el fútbol, nos llevaron al Tucán y a mí a un sector privilegiado desde donde podíamos seguir perfecto las alternativas del partido sin salir del predio rural.
Unas horas más tarde, nos encontramos frente a un auditorio sumamente diverso en edades, expectante y dispuesto a escucharnos. Diego “Varilla” Vigorito no solo fue un impecable moderador, sino también nuestro chofer y el intermediario ideal para contactarnos con la gente del Museo de Peñarol, logrando sumar una nueva camiseta a la ya mítica colección del Tucán.
Finalmente, la jornada no se trató únicamente de repasar las anécdotas contenidas en los libros ni de compartir fotos y videos. Fue, sobre todo, la revelación compartida con el Tucán de que existe una manera distinta de relacionarnos con ese público al que, habitualmente, sólo le ponemos cara, voz e identidad cuando viajan a Palermo.
La previa a la presentación no pudo haber sido más maravillosa. Gracias a la gestión de Alexis Boismenú —un anfitrión sensacional—, nos reunimos con Carlitos Páez Vilaró. El sobreviviente de la tragedia de los Andes nos recibió en su casa de Carrasco junto a su hija Gochi y dos de sus nietas. La sintonía entre Carlitos y el Tucán fue inmediata, casi mágica: la soltura para ponerle humor a la tragedia, la devoción compartida por la Virgen y esas verdades dichas sin anestesia alguna. Demasiado en común. No sé si calificarlo prematuramente como una amistad, pero sin duda tras ese encuentro quedó una línea abierta e indestructible entre ambos.
Creo fervientemente en el destino. Uruguay y su gente siempre terminan despertando lo mejor de nosotros. Años atrás —un par de décadas, en realidad— coincidimos con el Tucán en Punta del Este y terminamos de afianzar una amistad que ya veníamos alimentando. Tiempo después, Anécdotas del Polo comenzó a gestarse con la historia de Julio Negrón, el uruguayo olvidado, casi perdido entre estadísticas y trofeos. Además, Dambleé y su inconfundible bandera charrúa se convirtieron en nuestro centro de reunión y festejo tras cada edición.
No hay dudas: existe una conexión especial con el Uruguay. Y ahora, por estos guiños del destino, esta tierra nos volvió a dar el punto de partida exacto para animarnos a dar el salto: el momento de salir a contar historias en vivo, y no solo a escribirlas.